{"id":823,"date":"2007-09-08T05:03:08","date_gmt":"2007-09-08T09:03:08","guid":{"rendered":"http:\/\/piel-l.org\/blog\/?p=823"},"modified":"2007-09-08T05:03:47","modified_gmt":"2007-09-08T09:03:47","slug":"letras-cien-anos-de-soledad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/823","title":{"rendered":"Letras: Cien a\u00f1os de soledad"},"content":{"rendered":"<p><strong>Dermatolog\u00eda y Letras<br \/> Prosa<br \/> G\u00e9nero: Novela<br \/> Autor: Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez<\/strong><\/p>\n<p>Muchos a\u00f1os despu\u00e9s,  frente al pelot\u00f3n de fusilamiento, el coronel Aureliano Buend\u00eda hab\u00eda de  recordar aquella tarde remota en que su padre lo llev\u00f3 a conocer el hielo.  Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y ca\u00f1abrava construidas  a la orilla de un r\u00edo de aguas di\u00e1fanas que se precipitaban por un lecho de  piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehist\u00f3ricos. El mundo era tan  reciente, que muchas cosas carec\u00edan de nombre, y para mencionarlas hab\u00eda que  se\u00f1alarlas con el dedo. Todos los a\u00f1os, por el mes de marzo, una familia de  gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande  alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero  llevaron el im\u00e1n. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorri\u00f3n,  que se present\u00f3 con el nombre de Melqu\u00edades, hizo una truculenta demostraci\u00f3n  p\u00fablica de lo que \u00e9l mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas  de Macedonia.<\/p>\n<p><!--more--> <\/p>\n<p>Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes met\u00e1licos, y todo el  mundo se espant\u00f3 al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes  se ca\u00edan de su sitio, y las maderas cruj\u00edan por la desesperaci\u00f3n de los clavos y  los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hac\u00eda  mucho tiempo aparec\u00edan por donde m\u00e1s se les hab\u00eda buscado, y se arrastraban en  desbandada turbulenta detr\u00e1s de los fierros m\u00e1gicos de Melqu\u00edades. &quot;Las cosas  tienen vida propia -pregonaba el gitano con \u00e1spero acento-, todo es cuesti\u00f3n de  despertarles el \u00e1nima.&quot; Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda, cuya desaforada imaginaci\u00f3n iba  siempre m\u00e1s lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun m\u00e1s all\u00e1 del milagro y  la magia, pens\u00f3 que era posible servirse de aquella invenci\u00f3n in\u00fatil para  desentra\u00f1ar el oro de la tierra. Melqu\u00edades, que era un hombre honrado, le  previno: &quot;Para eso no sirve.&quot; Pero Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda no cre\u00eda en aquel tiempo  en la honradez de los gitanos, as\u00ed que cambi\u00f3 su mulo y una partida de chivos  por los dos lingotes imantados. \u00darsula Iguar\u00e1n, su mujer, que contaba con  aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio dom\u00e9stico, no  consigui\u00f3 disuadirlo. &quot;Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa&quot;,  replic\u00f3 su marido. Durante varios meses se empe\u00f1\u00f3 en demostrar el acierto de sus  conjeturas. Explor\u00f3 palmo a palmo la regi\u00f3n, inclusive el fondo del r\u00edo,  arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de  Melqu\u00edades. Lo \u00fanico que logr\u00f3 desenterrar fue una armadura del siglo xv con  todas sus partes soldadas por un cascote de \u00f3xido, cuyo interior ten\u00eda la  resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando Jos\u00e9 Arcadio  Buend\u00eda y los cuatro hombres de su expedici\u00f3n lograron desarticular la armadura,  encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un  relicario de cobre con un rizo de mujer.<\/p>\n<p>En marzo volvieron los  gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tama\u00f1o de un tambor, que  exhibieron como el \u00faltimo descubrimiento de los jud\u00edos de Amsterdam. Sentaron  una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de  la carpa.  Mediante el pago de cinco reales, la gente se asomaba al  catalejo y ve\u00eda a la gitana al alcance de su mano. &quot;La ciencia ha eliminado las  distancias&quot;, pregonaba Melqu\u00edades. &quot;Dentro de poco, el hombre podr\u00e1 ver lo que  ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa.&quot; Un mediod\u00eda  ardiente hicieron una asombrosa demostraci\u00f3n con la lupa gigantesca: pusieron un  mont\u00f3n de hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante la  concentraci\u00f3n de los rayos solares. Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda, que a\u00fan no acababa de  consolarse por el fracaso de sus imanes, concibi\u00f3 la idea de utilizar aquel  invento como un arma de guerra. Melqu\u00edades, otra vez, trat\u00f3 de disuadirlo. Pero  termin\u00f3 por aceptar los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial  a cambio de la lupa. \u00darsula llor\u00f3 de consternaci\u00f3n. Aquel dinero formaba parte  de un cofre de monedas de oro que su padre hab\u00eda acumulado en toda una vida de  privaciones, y que ella hab\u00eda enterrado debajo de la cama en espera de una buena  ocasi\u00f3n para invertirlas. Jos\u00e9 Arcadio Buendia no trat\u00f3 siquiera de consolarla,  entregado por entero a sus experimentos t\u00e1cticos con la abnegaci\u00f3n de un  cient\u00edfico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los efectos  de la lupa en la tropa enemiga, se expuso \u00e9l mismo a la concentraci\u00f3n de los  rayos solares y sufri\u00f3 quemaduras que se convirtieron en \u00falceras y tardaron  mucho tiempo en sanar. Ante las protestas de su mujer, alarmada por tan  peligrosa inventiva, estuvo a punto de incendiar la casa. Pasaba largas  horas en su cuarto, haciendo c\u00e1lculos sobre las posibilidades estrat\u00e9gicas de su  arma novedosa, hasta que logr\u00f3 componer un manual de una asombrosa claridad  did\u00e1ctica y un poder de convicci\u00f3n irresistible. Lo envi\u00f3 a las autoridades  acompa\u00f1ado de numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos  de dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que atraves\u00f3 la sierra, se  extravi\u00f3 en pantanos desmesurados, remont\u00f3 r\u00edos tormentosos y estuvo a punto de  perecer bajo el azote de las fieras, la desesperaci\u00f3n y la peste, antes de  conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A pesar de que el viaje a  la capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda  promet\u00eda intentarlo tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de  hacer demostraciones pr\u00e1cticas de su invento ante los poderes militares, y  adiestrarlos personalmente en las complicadas artes de la guerra solar. Durante  varios a\u00f1os esper\u00f3 la  respuesta. Por \u00faltimo, cansado de esperar, se lament\u00f3 ante  Melqu\u00edades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba  convincente de honradez: le devolvi\u00f3 los doblones a cambio de la lupa, y le dej\u00f3  adem\u00e1s unos mapas portugueses y varios instrumentos de navegaci\u00f3n. De su pu\u00f1o y  letra escribi\u00f3 una apretada s\u00edntesis de los estudios del monje Hermann, que dej\u00f3  a su disposici\u00f3n para que pudiera servirse del astrolabio, la br\u00fajula y el  sextante. Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda pas\u00f3 los largos meses de lluvia encerrado en un  cuartito que construy\u00f3 en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus  experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones dom\u00e9sticas,  permaneci\u00f3 noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo  a punto de contraer una insolaci\u00f3n por tratar de establecer un m\u00e9todo exacto  para encontrar el mediod\u00eda. Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus  instrumentos, tuvo una noci\u00f3n del espacio que le permiti\u00f3 navegar por mares  inc\u00f3gnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relaci\u00f3n con seres  espl\u00e9ndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue esa la \u00e9poca en que  adquiri\u00f3 el h\u00e1bito de hablar a solas, pase\u00e1ndose por la casa sin hacer caso de  nadie, mientras \u00darsula y los ni\u00f1os se part\u00edan el espinazo en la huerta cuidando  el pl\u00e1tano y la malanga, la yuca y el \u00f1ame, la ahuyama y la berenjena. De pronto,  sin ning\u00fan anuncio, su actividad febril se interrumpi\u00f3 y fue sustituida por una  especie de fascinaci\u00f3n. Estuvo varios d\u00edas como hechizado, repiti\u00e9ndose a si  mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar cr\u00e9dito a su  propio entendimiento. Por fin, un martes de diciembre, a la hora del almuerzo,  solt\u00f3 de un golpe toda la carga de su tormento. Los ni\u00f1os hab\u00edan de recordar por  el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sent\u00f3 a la  cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y  por el encono de su imaginaci\u00f3n, y les revel\u00f3 su descubrimiento:<\/p>\n<p>-La tierra es redonda  como una naranja.<\/p>\n<p>\u00darsula perdi\u00f3 la  paciencia. &quot;Si has de volverte loco, vu\u00e9lvete t\u00fa solo&quot;, grit\u00f3. &quot;Pero no trates  de inculcar a los ni\u00f1os tus ideas de gitano.&quot; Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda, impasible,  no se dej\u00f3 amedrentar por la desesperaci\u00f3n de su mujer, que en un rapto de  c\u00f3lera le destroz\u00f3 el astrolabio contra el suelo. Construy\u00f3 otro, reuni\u00f3 en el  cuartito a los hombres del pueblo y les demostr\u00f3, con teor\u00edas que para todos  resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida  navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que Jos\u00e9  Arcadio Buend\u00eda hab\u00eda perdido el juicio, cuando lleg\u00f3 Melqu\u00edades a poner las  cosas en su punto. Exalt\u00f3 en p\u00fablico la inteligencia de aquel hombre que por  pura especulaci\u00f3n astron\u00f3mica hab\u00eda construido una teor\u00eda ya comprobada en la  pr\u00e1ctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como una prueba de su  admiraci\u00f3n le hizo un regalo que hab\u00eda de ejercer una influencia terminante en  el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.<\/p>\n<p>Para esa \u00e9poca,  Melqu\u00edades hab\u00eda envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros viajes  parec\u00eda tener la misma edad de Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda. Pero mientras \u00e9ste  conservaba su fuerza descomunal, que le permit\u00eda derribar un caballo agarr\u00e1ndolo  por las orejas, el gitano parec\u00eda estragado por una dolencia tenaz. Era, en  realidad, el resultado de m\u00faltiples y raras enfermedades contra\u00eddas en sus  incontables viajes alrededor del mundo. Seg\u00fan \u00e9l mismo le cont\u00f3 a Jos\u00e9 Arcadio  Buend\u00eda mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo segu\u00eda a todas  partes, husme\u00e1ndole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final.  Era un fugitivo de cuantas plagas y cat\u00e1strofes hab\u00edan flagelado al g\u00e9nero  humano. Sobrevivi\u00f3 a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipi\u00e9lago de  Malasia, a la lepra en Alejandr\u00eda, al beriberi en el Jap\u00f3n, a la peste bub\u00f3nica  en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el  estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que dec\u00eda poseer las claves de  Nostradamus, era un hombre l\u00fagubre, envuelto en un aura triste, con una mirada  asi\u00e1tica que parec\u00eda conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande  y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo  patinado por el verd\u00edn de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabidur\u00eda y de  su \u00e1mbito misterioso, ten\u00eda un peso humano, una condici\u00f3n terrestre que lo  manten\u00eda enredado en los min\u00fasculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba  de dolencias de viejo, sufr\u00eda por los m\u00e1s insignificantes percances econ\u00f3micos y  hab\u00eda dejado de re\u00edr desde hac\u00eda mucho tiempo, porque el escorbuto le hab\u00eda  arrancado los dientes. El sofocante mediod\u00eda en que revel\u00f3 sus secretos, Jos\u00e9  Arcadio Buend\u00eda tuvo la certidumbre de que aquel era el principio de una grande  amistad. Los ni\u00f1os se asombraron con sus relatos fant\u00e1sticos. Aureliano, que no  ten\u00eda entonces m\u00e1s de cinco a\u00f1os, hab\u00eda de recordarlo por el resto de su vida  como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad met\u00e1lica y reverberante de  la ventana, alumbrando con su profunda voz de \u00f3rgano los territorios m\u00e1s oscuros  de la imaginaci\u00f3n, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el  calor. Jos\u00e9 Arcadio, su hermano mayor, hab\u00eda de transmitir aquella imagen  maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia. \u00darsula, en  cambio, conserv\u00f3 un mal recuerdo de aquella visita, porque entr\u00f3 al cuarto en el  momento en que Melqu\u00edades rompi\u00f3 por distracci\u00f3n un frasco de bicloruro de  mercurio.<\/p>\n<p>-Es el olor del demonio  -dijo ella.<\/p>\n<p>-En absoluto -corrigi\u00f3  Melqu\u00edades-. Est\u00e1 comprobado que el demonio tiene propiedades sulf\u00faricas, y esto  no es m\u00e1s que un poco de solim\u00e1n.<\/p>\n<p>Siempre did\u00e1ctico, hizo  una sabia exposici\u00f3n sobre las virtudes diab\u00f3licas del cinabrio, pero \u00darsula no  le hizo caso, sino que se llev\u00f3 los ni\u00f1os a rezar. Aquel olor mordiente quedar\u00eda  para siempre en su memoria, vinculado al recuerdo de Melqu\u00edades.<\/p>\n<p>El rudimentario  laboratorio -sin contar una profusi\u00f3n de cazuelas, embudos, retortas, filtros y  coladores- estaba compuesto por un atanor primitivo; una probeta de cristal de  cuello largo y angosto, imitaci\u00f3n del huevo filos\u00f3fico, y un destilador  construido por los propios gitanos seg\u00fan las descripciones modernas del  alambique de tres brazos de Mar\u00eda la jud\u00eda. Adem\u00e1s de estas cosas, Melqu\u00edades dej\u00f3  muestras de los siete metales correspondientes a los siete planetas, las  f\u00f3rmulas de Mois\u00e9s y Z\u00f3simo para el doblado del oro, y una serie de apuntes y  dibujos sobre los procesos del Gran Magisterio, que permit\u00edan a quien supiera  interpretarlos intentar la fabricaci\u00f3n de la piedra filosofal. Seducido por la  simplicidad de las f\u00f3rmulas para doblar el oro, Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda cortej\u00f3 a  \u00darsula durante varias semanas, para que le permitiera desenterrar sus monedas  coloniales y aumentarlas tantas veces como era posible subdividir el azogue.  \u00darsula cedi\u00f3, como ocurr\u00eda siempre, ante la inquebrantable obstinaci\u00f3n de su  marido. Entonces Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda ech\u00f3 treinta doblones en una cazuela, y  los fundi\u00f3 con raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a hervir  todo a fuego vivo en un caldero de aceite de ricino hasta obtener un jarabe  espeso y pestilente m\u00e1s parecido al caramelo vulgar que al oro magn\u00edfico. En  azarosos y desesperados procesos de destilaci\u00f3n, fundida con los siete metales  planetarios, trabajada con el mercurio herm\u00e9tico y el vitriolo de Chipre, y  vuelta a cocer en manteca de cerdo a falta de aceite de r\u00e1bano, la preciosa  herencia de \u00darsula qued\u00f3 reducida a un chicharr\u00f3n carbonizado que no pudo ser  desprendido del fondo del caldero.<\/p>\n<p>Cuando volvieron los  gitanos, \u00darsula hab\u00eda predispuesto contra ellos a toda la poblaci\u00f3n. Pero la  curiosidad pudo m\u00e1s que el temor, porque aquella vez los gitanos recorrieron la  aldea haciendo un ruido ensordecedor con toda clase de instrumentos m\u00fasicos,  mientras el pregonero anunciaba la exhibici\u00f3n del m\u00e1s fabuloso hallazgo de los  nasciancenos. De modo que todo el mundo se fue a la carpa, y mediante el pago de  un centavo vieron un Melqu\u00edades juvenil, repuesto, desarrugado, con una  dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus enc\u00edas destruidas por el  escorbuto, sus mejillas fl\u00e1ccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de  pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano.  El pavor se convirti\u00f3 en p\u00e1nico cuando Melqu\u00edades se sac\u00f3 los dientes, intactos,  engastados en las enc\u00edas, y se los mostr\u00f3 al p\u00fablico por un instante -un  instante fugaz en que volvi\u00f3 a ser el mismo hombre decr\u00e9pito de los a\u00f1os  anteriores- y se los puso otra vez y sonri\u00f3 de nuevo con un dominio pleno de su  juventud restaurada. Hasta el propio Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda consider\u00f3 que los  conocimientos de Melqu\u00edades hab\u00edan llegado a extremos intolerables, pero  experiment\u00f3 un saludable alborozo cuando el gitano le explic\u00f3 a solas el  mecanismo de su dentadura postiza. Aquello le pareci\u00f3 a la vez tan sencillo y  prodigioso, que de la noche a la ma\u00f1ana perdi\u00f3 todo inter\u00e9s en las  investigaciones de alquimia; sufri\u00f3 una nueva crisis de mal humor, no volvi\u00f3 a  comer en forma regular y se pasaba el d\u00eda dando vueltas por la casa. &quot;En el  mundo est\u00e1n ocurriendo cosas incre\u00edbles&quot;, le dec\u00eda a \u00darsula. &quot;Ah\u00ed mismo, al otro  lado del r\u00edo, hay toda clase de aparatos m\u00e1gicos, mientras nosotros seguimos  viviendo como los burros.&quot; Quienes lo conoc\u00edan desde los tiempos de la fundaci\u00f3n  de Macondo, se asombraban de cu\u00e1nto hab\u00eda cambiado bajo la influencia de  Melqu\u00edades.<\/p>\n<p>Aureliano Buend\u00eda volvi\u00f3  a vivir la tibia tarde de marzo en que su padre interrumpi\u00f3 la lecci\u00f3n de  f\u00edsica, y se qued\u00f3 fascinado, con la mano en el aire y los ojos inm\u00f3viles,  oyendo a la distancia los p\u00edfanos y tambores y sonajas de los gitanos que una  vez m\u00e1s llegaban a la aldea, pregonando el \u00faltimo y asombroso descubrimiento de  los sabios de Memphis.<\/p>\n<p>Eran gitanos nuevos.  Hombres y mujeres j\u00f3venes que s\u00f3lo conoc\u00edan su propia lengua, ejemplares  hermosos de piel aceitada y manos inteligentes, cuyos bailes y m\u00fasicas sembraron  en las calles un p\u00e1nico de alborotada alegr\u00eda, con sus loros pintados de todos  los colores que recitaban romanzas italianas, y la gallina que pon\u00eda un centenar  de huevos de oro al son de la pandereta, y el mono amaestrado que adivinaba el  pensamiento, y la m\u00e1quina m\u00faltiple que serv\u00eda al mismo tiempo para pegar botones  y bajar la fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto  para perder el tiempo, y un millar de invenciones m\u00e1s, tan ingeniosas e  ins\u00f3litas, que Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda hubiera querido inventar la m\u00e1quina de la  memoria para poder acordarse de todas. En un instante transformaron  la aldea.  Los habitantes de Macando se encontraron de pronto perdidos en  sus propias calles, aturdidos por la feria multitudinaria.<\/p>\n<p>Llevando un ni\u00f1o de cada  mano para no perderlos en el tumulto, tropezando con saltimbanquis de dientes  acorazados de oro y malabaristas de seis brazos, sofocado por el confuso aliento  de esti\u00e9rcol y s\u00e1ndalo que exhalaba la muchedumbre, Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda andaba  como un loco buscando a Melqu\u00edades por todas partes. para que le revelara los  infinitos secretos de aquella pesadilla fabulosa. Se dirigi\u00f3 a varios gitanos  que no entendieron su lengua. Por \u00faltimo lleg\u00f3 hasta el lugar donde Melqu\u00edades  sol\u00eda plantar su tienda, y encontr\u00f3 un armenio taciturno que anunciaba en  castellano un jarabe para hacerse invisible. Se hab\u00eda tomado de un golpe una  copa de la sustancia ambarina, cuando Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda se abri\u00f3 paso a  empujones por entre el grupo absorto que presenciaba el espect\u00e1culo, y alcanz\u00f3 a  hacer la pregunta.  El gitano lo envolvi\u00f3 en el clima at\u00f3nito de su mirada, antes  de convertirse en un charco de alquitr\u00e1n pestilente y humeante sobre el cual  qued\u00f3 flotando la resonancia de su respuesta: &quot;Melqu\u00edades muri\u00f3.&quot; Aturdido por  la noticia. Jos\u00e9  Arcadio Buend\u00eda permaneci\u00f3 inm\u00f3vil, tratando de sobreponerse a  la aflicci\u00f3n, hasta que el grupo se dispers\u00f3 reclamado por otros artificios y el  charco del armenio taciturno se evapor\u00f3 por completo. M\u00e1s tarde, otros gitanos  le confirmaron que en efecto Melqu\u00edades hab\u00eda sucumbido a las fiebres en los  m\u00e9danos de Singapur, y su cuerpo hab\u00eda sido arrojado en el lugar m\u00e1s profundo  del mar de Java. A los ni\u00f1os no les interes\u00f3 la noticia. Estaban  obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa novedad de los  sabios de Memphis, anunciada a la entrada de una tienda que, seg\u00fan dec\u00edan,  perteneci\u00f3 al rey Salom\u00f3n. Tanto insistieron, que Jos\u00e9 Arcadio Buendia pag\u00f3 los  treinta reales y los condujo hasta el centro de la carpa, donde hab\u00eda un gigante  de torso peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una pesada  cadena de hierro en el tobillo, custodiando un cofre de pirata. Al ser destapado  por el gigante, el cofre dej\u00f3 escapar un aliento glacial. Dentro s\u00f3lo hab\u00eda un  enorme bloque transparente, con infinitas agujas internas en las cuales se  despedazaba en estrellas de colores la claridad del crep\u00fasculo. Desconcertado,  sabiendo que los ni\u00f1os esperaban una explicaci\u00f3n inmediata, Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda  se atrevi\u00f3 a murmurar:<\/p>\n<p>-Es el diamante m\u00e1s  grande del mundo.<\/p>\n<p>-No -corrigi\u00f3 el gitano-.  Es hielo.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda, sin  entender, extendi\u00f3 la mano hacia el t\u00e9mpano, pero el gigante se la apart\u00f3.  &quot;Cinco reales m\u00e1s para tocarlo&quot;, dijo. Jos\u00e9 Arcadio Buend\u00eda los pag\u00f3, y entonces  puso la mano sobre el hielo, y la mantuvo puesta por varios minutos, mientras el  coraz\u00f3n se le hinchaba de temor y de j\u00fabilo al contacto del misterio. Sin saber  qu\u00e9 decir, pag\u00f3 otros diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa  experiencia. El peque\u00f1o Jos\u00e9 Arcadio se neg\u00f3 a tocarlo. Aureliano, en cambio,  dio un paso hacia adelante, puso la mano y la retir\u00f3 en el acto. &quot;Est\u00e1  hirviendo&quot;, exclam\u00f3 asustado. Pero su padre no le prest\u00f3 atenci\u00f3n. Embriagado  por la evidencia del prodigio, en aquel momento se olvid\u00f3 de la frustraci\u00f3n de  sus empresas delirantes y del cuerpo de Melqu\u00edades abandonado al apetito de los  calamares. Pag\u00f3 otros cinco reales, y con la mano puesta en el t\u00e9mpano, como  expresando un testimonio sobre el texto sagrado, exclam\u00f3:<\/p>\n<p>-Este es el gran invento de nuestro  tiempo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Dermatolog\u00eda y Letras Prosa G\u00e9nero: Novela Autor: Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez Muchos a\u00f1os despu\u00e9s, frente al pelot\u00f3n de fusilamiento, el coronel Aureliano Buend\u00eda hab\u00eda de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llev\u00f3 a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y ca\u00f1abrava construidas a la orilla de &hellip;<\/p>\n","protected":false},"author":22,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[9],"tags":[],"class_list":["post-823","post","type-post","status-publish","format-standard","","category-dermatologia-y-arte"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/823","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/22"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=823"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/823\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=823"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=823"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/piel-l.org\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=823"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}