La Burla

La autora de la prosa de la burla es la Dra. Martha Miniño
y las poesias  del Dr. Antonio Guzmán
09-03-08

Era una mujer  pues, que todos achacarían de vieja, a sus 52 años escondía las canas en vistosos tintes y elaborados peinados, se había hecho estirar y recortar el pellejo de los ojos, en un corto viaje a la capital que disfrazó de una visita urgente a un familiar muy querido, por lo que a nadie extrañó que anduviese con lentes de sol a toda hora, es por el llanto dijeron. Se mataba de hambre para preservar una escuálida figura, aunque a escondidas y cuando se sentía deprimida, se atiborraba de chocolates mientras leía una novelita rosa lacrimosa con la música de Serrat o Camilo Sesto y que luego escondía detrás del enorme librero que sólo ostentaba títulos de Tolstoy, Baudelaire, Sastre, Borges, Dumas, García Lorca, Whitman, Pérez Galdoz, Amado Nervo, Bouvoir, Carpentier, Octavio Paz, Carlos Fuentes y muchos, muchos más.

Se preocupaba por su garbo y por su supuesta intelectualidad por la que era conocida. Jamona, perdón señorita, de profesión, digo, por obligación,   hacía dotes de grandilocuencia y recitaba en público, en particular en esas aburridas tardes de té a las que asistían muchas amas de casa, hermosos poemas y retazos de obras, los que se aprendía con muchos pormenores, practicando frente al espejo todos sus modales, sus gestos y hasta como caminaría o movería el pelo, y que al terminar nadie entendería y aplaudirían por pura cortesía. Sólo las más tontas calificarían a Estela como un genio.

Pues si, se llamaba Estela, otro nombre de solterona, perdón, de intelectual, aunque hubiese preferido llamarse Eloisa, no como aquella sentada bajo un almendro, tal vez como la amante de Abelardo, una heroína pura que conquistaría a su príncipe por la elocuencia de sus palabras y sus hermosos ojos avellanas, porque si, esto era lo único hermoso de Estela, sus ojos, los que escondía tras unas enormes gafas de carey.

Pues así pasaba el tiempo, recortando pequeños cartones y papeles en los que escribía las citas de libros y autores, los que tenía en su cartera, bolsillos y diversos sitios de su saloncito, donde recibía a las visitas, para siempre y en el momento oportuno, poder soltar una frase o un comentario de algún libro y así sorprender a la concurrencia.

Y sucedió que en el pueblo se armó un grupo literario a los que asistieron muchos jóvenes universitarios y personalidades ilustres del lugar. Ni decir que Estela fue la primera en apuntarse y tanto  diligenció, que  entró a formar parte de la directiva, que se encargaba de estudiar y buscar los textos y las poesías que se leerían en la próxima reunión y los ensayos y debates que ello conllevaría.

Pues claro que Estela escribió ensayos, no uno, sino varios; después de su apresurado viaje a la capital, so pretexto de visitar a una tía enferma, como dijo; por lo que muchos se preguntaron por qué una visita tan corta requirió maletas tan pesadas que cayeron con estrépito del tren a su llegada y que presurosa quiso levantar. Son cosas de mi querida tía, replicó, muy valiosas y frágiles, razón por la que diligentes mozos las cargaron con esmero y llevaron a la casa y ella los despachó rápidamente, cerrando ventanas y sacando con mucho secreto los numerosos volúmenes que había comprado.

La siguiente semana no se hizo esperar y leyó en la reunión un elaborado ensayo, con tantos vericuetos y retrécuanos que nadie entendió y que todos aplaudieron a rabiar, muchos porque al fin y al cabo había concluido. Todos la felicitaron por sus dotes intelectuales. Unos, por compasión y la mayoría, por lástima e hipocresía. Nadie se peguntó como le había rendido el tiempo si había tenido que atender a la tía enferma.

Estela se sentía feliz, era como la reina del lugar y ahora dominaba y se sentía, más bien lo era, superior intelectualmente a todos, en particular los hombres, a quienes veía con el rabillo del ojo, pero que mentalmente desnudaba y criticaba en sus partes e imaginaba como serían en la cama, descartándoles por imaginarios vicios y defectos, hechos que los ponían muy por debajo de su condición de ser superior.

Pero en las noches de invierno, junto a una taza de chocolate caliente con brandy, suspiraba por tener al que fuese, al más inferior de ellos y revolcarse entre las sábanas, gemir como animal en celo y terminar oliendo a sudor y a sexo.

El grupo literario creció, Estela seguía siendo líder absoluto e impresionaba a los más jóvenes con sus vanidosos discursos, en particular a las chicas. Una de ellas, fue Josefina, ¡pero que nombre más vulgar tiene esta chica!, pensó con desdén, aunque no quiso demostrarlo; era la hija de uno de los más acaudalados señores del lugar y el principal patrocinador del grupo.

Josefina se esmeraba y leía mucha poesía, recitaba con falta de talento, pero la gracia de su belleza natural y sin artificios hacía que todos olvidasen estos defectos y le felicitasen por sus esfuerzos, a lo que ella respondía con una tímida sonrisa. En balde corregía Estela su falta de articulación; no había forma, la chica era una tonta, pensaba, sin detenerse a ver que detrás de esos enormes ojos castaños se escondía un terror al público y que sólo obligada por su madre, trataba de superarlo con estas dichosas presentaciones, pues su futuro universitario era otro, sería abogada, al igual que su padre, y según sus progenitores, el éxito dependía en mucho, de su destreza de comunicarse frente a las personas.

 Pero con el tiempo,  Josefina entendió que más que leer y declamar, su verdadera pasión era escribir, escribía largos sonetos y poemas que luego escondía por temor de que fuesen vistos, mientras en las reuniones se conformaba con declamar los versos de Violeta Parra, que significaban tortura para Estela, quien había agenciado otra maleta de libros para sus ensayos en otra visita a la supuesta tía enferma.

Mauro llegó casi en el otoño, un apuesto maestro de pelo negro, delicioso hoyuelo en la barbilla, voz ronca, de ademanes pausados y que gustaba de guiñar los ojos con una pícara sonrisa. Joven todavía para su profesión, pero dotado de verdaderas proporciones intelectuales. Empezó a asistir a las reuniones del grupo literario, gustaba de escuchar ensayos, declamaciones, aunque le era un tanto fastidiosas las presentaciones de Estela, quien ya se había fijado en el guapo forastero y aunque en un principio le pareció como competencia, sus ojos avellana empezaron a verle cargado de sensualidad, creando de él un oscuro objeto de deseos que descargaba en la soledad de su habitación, mientras gemía pidiendo más y maldiciendo su nombre por llenarla de tantas pasiones.

Mauro se fijó en Josefina, quien a su vez se dio cuenta de su cortejo visual, y en una pequeña servilleta le entregó unos versos que él admirado de su hermosura, guardó secretamente, se acercó a ella, elogiando su talento para la rima y el arte de componer los sustantivos, ella colorada de la vergüenza no atinaba a guardar la compostura de muchacha típica de bien, él se ofreció a enseñarle y desarrollar sus dotes, ella agradecida empezó a recibir sus clases frente a la mirada atenta de la madre, quien no veía nada inusual entre maestro y alumna.

Pero las obligaciones, los estudios y el acontecer social impedían sus encuentros; una correspondencia de prosas y versos se estableció entre ambos en blancas cuartillas que diariamente eran enviadas por los chiquillos del barrio, pagados con monedas de poca monta,  y que de un extremo a otro del pueblo llevaban sus  secretos y los entregaban de tal manera que no llamasen la atención

Si tal vez  te enterases, *

de lo mucho que te quiero,

quizás sonreirías.

Que solo puedo en frases,

decir que por ti muero,

¿;acaso creerías?

Si digo lo que siento,

¿;tus caricias llegarían?

Más se que en el intento,

mis palabras no saldrían.

Tal vez se perderían

o las llevaría el viento.

La mirada me delata.

Al ver tus ojos tristes

Tu sonrisa me arrebata

¿;Será que me quisiste?

Las cartas se alargaron, el tono subió de puros deseos juveniles a las ansias de secretos encuentros y labios húmedos buscando beberse unos a otros, la eterna espera, la agonía de no verse era mucha para los desdichados amantes, amantes no, ni siquiera habían podido tomarse de las manos y cuya desdicha se aumentaba más aún al perder a  uno de sus más diligentes y sigilosos correos, cuando se inició el trabajo en la panadería. Además de que otros niños no estaban dispuestos seguir haciendo de celestinas, pues se habían aburrido de tanta correría y tanto secreto a voces.

Josefina ansiosa no sabía qué hacer, pero seguía escribiendo sus cuartillas, que escondía bajo su colchón y no mostraba a nadie, asistía a las reuniones y cada vez declamaba menos, para satisfacción de Estela, quien ya estaba cansada de su hilillo de voz virginal y su cara de bobalicona.

Seguía viendo a Mauro con toda su mente desplegada hacia los más recónditos rincones de su inhibida sensualidad, quien sentado desde una esquina del salón sólo parecía tener ojos para ella, y cuya mirada no podía ya por momentos sostener, pues era tan fija sobre ella, que sentía como se ponía colorada mientras nerviosamente se arreglaba el pelo o buscaba algún dato inexistente en cualquier libro que estuviese a su alcance.

Pero Mauro sólo tenía ojos para Josefina, quien siempre sentada en la misma butaca, callada y tímida, apenas podía sostener su mirada y se concentraba en la exposición del orador, no sabiendo cómo comunicarse con el talentoso maestro de la palabra, más que con un cortés buenas noches, ¿;cómo está usted?, que también cortésmente era respondido por él.

La comunicación tuvo lugar de forma inusual. La noche del martes era especial, pues el profesor Mauro Echevarría declamaría una pieza suya, que ¡ay! Comentaban algunos, estaba dedicada a alguien, un amor no correspondido, quizás alguno de su pasado; muchas jovencitas suspiraban; más Estela pensaba, ¡ha de ser alguna poesía pegajosa y melancólica con sabor a Bécquer! y con mal talante ocupó hoscamente su lugar en la mesa directiva.

La luz de tus ojos*
Serás solo tu, 
solamente tu,
la luz del sendero,
de mi oscuro andar.

Tu lumbre dará,
nuevas primaveras,
a un amor prohibido,
que no fui a buscar

En mis negras noches,
presto me levanto,
buscando una estrella,
que quiera alumbrar,
con su tibio haz,
flama incandescente,
candil del camino
de mi transitar

La luz de tus ojos,
de claro lunar
trajeron alegría
a mi umbrío pasar

 

Todos aplaudieron a rabiar, muchas damas suspiraron y muchos ¡oh! de admiración quedaron ahogados por la belleza de la pieza, una de ellas era Estela. Josefina entendió el mensaje de inmediato; se había establecido la  comunicación y Mauro frente a ella daba muestras de su desesperado amor.

Estela se sintió poseída por un raro estremecimiento, como si estuviera levitando en los aires y extasiada se enamoró de la poesía que comprendía que había sido escrita para ella, nadie más tenía esos ojos y después de tantas veces  sentir como su mirada desgarraba su cuerpo, esta pública declaración de amor del desdichado significaban que no se atrevía a llegar hasta ella, pero con toda la elegancia de un caballero ilustrado, al igual que Abelardo, iniciaría su larga correspondencia de amor a ella, su Eloísa.

Cada martes Mauro exploraba sus más íntimos sentimientos al declamar un nuevo verso de su creación, entre los aplausos, Josefina se sentía halagada y en un roce casual, le entregaba otra carta con versos que él leería a escondidas. Estela, se sentía transportada, él, su Abelardo, le contestaba a su amada, quien todavía con miedo, timidez y turbación de llenar un papel con sus sentimientos, no se atrevía a escribirle.

Ella era su musa inspiradora, ella, Estela, la diva intelectual se sentía ahora, amada por un hombre de carne y hueso, amor de la vida real, no en estúpidas páginas de novelitas rosas de quiosco que ya no tenía dónde más guardar.

Temblorosa inició su primera carta, hizo un borrador que fue descartando muchas veces, nada podía escribir que le resultara hermoso, nada real. Entonces recurrió a lo que siempre había hecho, sus libros, y copiando unos versos de allí, otros de allá, completó una extensa misiva que consideró digna de su altura y rociándole perfume, le puso un sello que lacró el mensaje y con un beso se la entregó a un corresponsal, quien en el camino se burló de la vieja jamona esta, perdón señorita, al entregarle dos míseras monedas por el encargo.

Mauro recibió la carta y la leyó apresurado, con indiferencia, pero luego se detuvo sorprendido ante el supuesto enamoramiento hacia la intelectual del pueblo y creyó reconocer algunas frases, por lo que revisó su biblioteca y encontró el origen de una de ellas. Había quedado claro para él, además de chiflada era culpable de plagio y encima de todo ello, la muy lunática había entendido que los versos de amor eran para ella, pero lo que más le molestó fue entender que sus afectadas poses culturales eran tan sólo robadas de libros, frases y párrafos de otros autores y que ella hacía impunemente suyos.

Se dedicó a rastrear cada ensayo, cada alocución de Estela, por lo que siempre muy amable le solicitaba una copia al final de la reunión, no sin antes haber recitado una de sus nuevas creaciones, y a lo que ella muy colorada entregaba una copia, pensando que además de verle como mujer había alguien que entendía su intelectualidad.

Cada verso era un mensaje para Josefina; más para Estela, era un amor desdichado que no se atrevía a consumir frente a la disparidad de edades; cada mensaje para Josefina era un encuentro furtivo, en los que los amantes corrían a besarse en un rincón oscuro con miedos de ser vistos; cada verso era para Estela una hoguera que se desataba esa y otras noches, en la soledad de su cama y que  no podía ser apagada.

Cada presentación de Estela era una búsqueda de Mauro en textos, obteniendo muchas veces la fuente de la minuciosa intelectualidad de Estela, quien seguía escribiendo largas páginas de un amor letrado y desdichado y que sólo era respondido por unos sonetos o unos versos frente al público cada martes en la noche.

La insistencia de Estela fue aumentando con su correspondencia, llamaba Abelardo a Mauro y se hacía firmar como Eloisa, sus escritos empezaron a ser banales y cursis, tal como las novelitas baratas que leía a escondidas. No tardó en empezar a rogar y a suplicar una prueba física de amor; a Mauro la situación le empezó a hastiar.

            Una noche Mauro anunció una pieza muy especial para alguien muy especial, el corazón de Estela dio un vuelco y sintió una opresión en el pecho, el poema era una despedida, un adiós de amante, que partía en la bruma del puerto. Estela comprendió que Mauro tomaría el barco de regreso a su patria, sin delatarse, pero ahogada por la emoción, felicitó al profesor por su nueva creación.

            A tempranas horas de la mañana partió para el puerto, una débil neblina cubría el barco, que todavía no alzaba el ancla, pocos pasajeros subían, ninguno era Mauro. Estela preguntó a los marineros, vendedores, borrachos y meretrices del puerto, pero nadie sabía de este misterioso peregrino.

            Llegó a su casa hecha un mar de lágrimas, en el camino había conocido la noticia, Mauro y Josefina habían marchado sigilosamente en la noche y varios pueblos más adelante se habían casado.

Un niño, otro de los improvisados mensajeros, llegó con un abultado sobre para ella, en él estaba su último ensayo, a su lado, las fuentes y tachaduras con letra de Mauro que documentaban socarronamente sus plagios.

*Antonio Guzmán Fawcett, Asunción, Paraguay, 27 de diciembre del 2007

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