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Poesia y Prosa Ed.341

En esta edición publicamos dos aportes de la Dra. Martha Miniño, un poema Agua y Luna y un relato corto Margarita, carolina, Arco iris

AGUA Y LUNA

Por Martha Miniño

Para José D´andrade

13-10-13

 

La Luna le baña,

llena con retazos su alma,

y ella coquetándole le responde,

no ves que de amor estoy llena?

La suave luz se sumerge en ella,

y le agita el alma,

le revuelve el espíritu,

avergonzada clama,

no ves que cada día más te quiero?

La Luna sigue su coqueto caminar,

entre las nubes se mueve y roza,

un suave mirar, que en ella se refleja,

nuevamente ella, turbia y turbada le reclama,

por qué te vas altanera ?

Desde lo alto le mira,

ella avergonzada le sigue,

buscándola y mojándose en si misma,

quiere alcanzarle, pero loca es su carrera,

interminable el caminar, el correr,

tal vez no pueda mas,

sólo dejar que sus rayos de nuevo se sumerjan,

que la bañen toda e iluminen,

le quiebren el alma,

estalle en miles de destellos,

que se refleje ella mil y una vez,

y luego podrá continuar,

que en ese manantial donde reposa,

la Luna y el Agua nuevamente se volverán a besar.

 

COLORES

Por Martha Miniño

Margarita

Margarita era un ser especial, o al menos, eso pensaban todos, dulce, de suave presencia y hermosa cara. Parecía irradiar luz propia como un sol, no es de extrañar que sus flores preferidas fuesen los girasoles y que todo lo amarillo giraba en torno a ella, su pelo, sus ojos color miel y los alegres vestidos de diferentes tonos del color del sol.

Sonrisa a mano y nunca un no de respuesta, siempre dispuesta, siempre amable. Sus amarillas trenzas recogidas sobre su nuca le daban un aire angelical, tampoco es de extrañar que fuese la reina de los festivales y de muchas fiestas; en la escuela y la secundaria brillaba con luz propia y aunque no era buena en las calificaciones, si lo era en las relaciones. Todos le querían y el que menos le apreciaba.

Y así de amarillo siguió su horizonte, amarillos los colores, en cadenciosa monotonía, sin sombras ni luces, escasos contrastes, un camino que muchos se lanzaron a predecir y comentar, que tal vez muchos lograron acertar.

Pues si, aparentemente si, Margarita llevó una vida aburrida, sin cambios ni colores chillones, su siempre sonrisa la llevó a todos lados, pero sin aparentemente nunca darse cuenta de lo vacía y monótona que era su existencia.

Pero no todo era amarillo y sonrisas, tras esa mirada de niña coqueta y traviesa se escondían colores más profundos, diferencias más divertidas, o tal vez cambios más chillones y peligrosos.

Margarita poseía su propios colores internos que a nadie enseñaba y con quien nadie compartía.

Nadie nunca supo de ese ser doble que habitaba en ella y que nunca osó a asomarse por el brillo de sus amarillos ojos, nadie jamás lo pensó, tampoco imaginó.

Y así amarilla, vestida y viviendo una amarilla existencia pasaron muchos colores, muchas vidas, muchos años sin nunca dejar salir el oscuro ser que dentro de ella habitaba.

Ser que quería ser rojo, negro, verde, azul, marrón, de colores fuertes y violentos, nunca pasteles, que hiriesen la vista, que no la acariciaran, que recordaran el miedo, e inspirasen rechazo, colores que ahuyentasen y que oscureciesen todo ser, toda presencia.

Tampoco Margarita sospechaba de la metacromasia que vivía dentro de ella y que dirigía su amarilla existencia, y siguió viviendo su amarillo vivir y su diario recorrer de la vida, sin cambios y sin sorpresas.

 

 

 

 

 

 

 

Carolina

Carolina nació para sufrir, para sufrir a solas, acumular dolor y estoica, continuar con una aparente sonrisa y cara de triunfadora que no se da por vencido jamás.

Su color eran el blanco y el azul, cielo y nubes, agua y espuma, por los que se deslizaba cuando caminaba por la playa, o dejaba que sus pies se bañasen en el puerto.

Blanca e insípida su vida cuando no había dolor, pero el dolor llegó a ser una constante, por lo que le abandonó y optó solo por el azul para hacer su vida más tolerable.

Abandonada en vida por sus padres, para ellos sólo era una figura importante a la hora del álbum familiar de fotos o la presencia obligada en las reuniones y actos de la sociedad. Su madre, de aparente color blanco, en realidad era gris, gris de múltiples tonos que podían estallar y regarse desparramados a su alrededor y cubrirle por entero, hiriendo su ser. Sus hermanos mantuvieron su blanco vivir y no se percataban de ella, nadie tenía contrastes ni sombras, todos se fundían sin perspectivas, paralelos entre si.

Y pasaron muchos soles, muchas nubes y muchas aguas azules, Carolina un día se lanzó a los colores de la vida e inició una loca carrera de relaciones, que apenas terminaban en el siempre interminable y aburrido gris que siempre le había rodeado. Nunca pudo cambiar los colores de su existencia y a pesar de rodear su cuerpo con los cueros de otros no lograba dejar de ser azul y que el gris de siempre se retirase.

Y un día le conoció, le pintó colores que nunca había soñado o creado, le dibujó imágenes nunca antes por ella vista y se entregó a él. Pero como colorida piñata explotó y dejó de ser y nuevamente se encontró en el páramo, largo e interminable del azul y gris aburrido de su vida.

Se quedó sola con sus sueños azules y empezó a buscar los retazos blancos de las nubes para poder adornar su frente y ver desde otra perspectiva.

Y sentada sola, sin ansias de vivir y con pocos colores ya extenuados y desperdigados a sus pies la encontró.

ARCOIRIS

Margarita entró casi sigilosamente en su vida, sin decir palabras, se fue colando silenciosamente en su existencia. Carolina apenas se percató hasta que el brillo de los días le hirieron los ojos y el sol se reflejó en su cara y su cuerpo, cuando sintió la tibieza del sol y cómo las sombras empezaron a moverse a su alrededor.

Todo empezó a tomar forma, a deslizarse, a tener presencia, a ser palpables y no meras sombras oscuras e inquietas que llenaban la habitación. Los días corrieron, los segundos no los podía contar y su pecho empezó a hincharse, su corazón se aceleraba y no sabía por qué, pero luego comprendió que el sol y  la amarilla presencia de Margarita alimentaban su vida.

Sin saber por qué ni cómo ansiaba y suspiraba por sus colores, bebía de ellos hasta saciarse, pero ella al ver tanto azul y tanto blanco coquetamente le esquivaba y salía y desaparecía de su vida, para luego retornar bullosamente con todos sus amarillos.

Y del amarillo y el azul entre ambas surgió el verde, luego los naranjas, pues su amistad creció y contó con rojos momentos, le sucedió el violeta y más luego, escarlata, verde esmeralda, añil, y entre ambas se vieron un día pintando sus colores juntas y del blanco de sus caras y pechos surgieron cada uno de los colores, que iluminaron la habitación, y se proyectó al cielo, que les recibió en una enorme banda de colores que iluminó el día tras la pesada lluvia.

Pero los colores oscuros y violentos de Margarita le aprisionaban el pecho y llegaban a herir a la temblorosa y emocionada de Carolina, a quien abandonaba herida, sola en la soledad de sus grises días y con los azules sueños rotos y desperdigados a sus pies.

Y así pasaron los años, llenos de coloridos días y alternos con el gris y azul de las sombras. Cada cual tomó su rumbo y su camino y empezó a tejer sus propios matices, sin saber cómo resultaría el lienzo final de sus días.

Y Margarita, ya ella toda amarilla y cargada de otros colores, hijos, marido, hogar, profesión, se encontraron frente a frente, sin colores, pues fue de noche y las sombras se encargaron de ocultarlo todo, de no revelar nada y mantener el blanco y negro como escudo y como máscaras, para no dejar transparentar un pasado que ambas ahora lamentaban, habían dejado atrás, y con el sus colores, sus pasiones y sus alegrías.

 

 

Acerca de Martha Miniño

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