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La melanosis post inflamatoria (MPI) por acné y el confuso abordaje racial de las manifestaciones cutáneas de la “piel de color” a nivel global

La globalización del conocimiento nos da la posibilidad de compartir información científica y en nuestro caso particular la dermatológica en publicaciones escritas, en foros académicos y por supuesto en la red digital o supercarretera de la información, lo que posibilita una amplia exposición de conocimientos acerca de las enfermedades de la piel en prácticamente todas las latitudes del planeta. De esta manera, en el mundo anglosajón, se hace referencia en los programas académicos a la piel de los pacientes de origen africano, Indio (de la India) o latinoamericano como “Piel étnica”, y es por eso que adquiere importancia aclarar algunos conceptos al respecto; en particular bajo la óptica del abordaje médico y de los estudios de investigación en la parte racial, lo cual trataremos de explicar en este escrito.

Es cierto que en dermatología desde el punto de vista genético existen tendencias en cuanto al origen de ciertas patologías como el sarcoma de Kaposi de los judíos mediterráneos, o el endémico y sus características particulares en pacientes africanos, o las manchas mongólicas en asiáticos del área del pacífico y en aborígenes americanos, sólo por mencionar algunas dermatosis. No obstante, por lo que se refiere a las manifestaciones relacionadas con desórdenes pigmentarios, creemos es más práctico y conveniente utilizar el concepto “piel de color”, independientemente del grupo étnico o racial. Por ejemplo, algunos estudios de investigación hechos en Estados Unidos, segmentan a los pacientes en caucásicos, afroamericanos, hispanos y asiáticos para quienes tienen rasgos mongoloides, sin embargo la India y Rusia están en Asia y sus características fenotípicas son diametralmente distintas, lo cual hace confusa la situación. Por otro lado, surge la duda acerca de la conveniencia de catalogar a los pacientes racialmente más allá del interés medico biológico, ya que esto puede ser estigmatizante debido a las implicaciones psicosociales relacionadas con el esclavismo, el racismo y la discriminación, que lamentablemente se mantienen arraigadas en el mundo contemporáneo.

Discusiones al respecto, dentro del grupo de la “Alianza Global para mejorar los resultados terapéuticos en acné” en su capítulo latinoamericano (GALA), en relación al origen, impacto psicológico y abordaje terapéutico de una secuela del acné conocida como “Melanosis post-inflamatoria” (MPI), nos han llevado a enfrentar la complejidad de la diversidad genética de los pacientes con el objeto de llevar a cabo estudios a este respecto y las posibles opciones para clasificarlos de la mejor forma, llegando a algunas consideraciones que creemos vale la pena compartir.

En primer lugar, las clasificaciones actuales acerca de razas parten de conceptos erróneos, por ejemplo: “caucásico”, como se denomina a la gente de piel blanca, se refiere a personas que derivan de grupos que florecieron en los alrededores del rio Cáucaso en Europa, en la zona cercana a Rusia, Irán, Armenia y Lituania, lo cual no es aplicable para todos los europeos contemporáneos. Es decir, no es un término adecuado en estricto sentido, pero que en general es aceptado para referirse a las personas de piel blanca con pelo y ojos claros. La definición de “anglosajón” se refiere a quienes hablan inglés y provienen de grupos humanos que florecieron en Inglaterra y Sajonia (la actual Alemania) y que evidentemente no es aplicable a toda Europa y en un sentido riguroso este término sería más apropiado para denominar características de tipo lingüístico. El concepto “piel étnica”, para referirse a la piel de color, es otro error, ya que una etnia es un grupo de personas que

comparten un territorio, lengua, religión, comida, vestido y costumbres, como es el caso de grupos de origen celta en Europa, en quienes predomina la piel blanca.

En el caso de la inclusión de Latinoamericanos en estudios de investigación en los Estados Unidos, se utiliza el concepto “hispano” creando confusión, ya que el término es utilizado por el simple hecho de hablar español, lo cual constituye un error también, ya que los “hispánicos” como tal, son originarios de España, y este es un país Europeo. Por ejemplo, en tales estudios es posible incluir a sujetos como los uruguayos, quienes hablan español, pero cuya herencia genética es mayoritariamente europea. Es decir; el término hispano es útil para cuestiones lingüísticas, pero no genéticas ni raciales.

Cuando Colón emprendió su viaje trasatlántico planeaba llegar a la India motivado por asuntos relacionados con el comercio de especias y por el bloqueo de los turcos al puerto de Constantinopla, lo que impedía el flujo de mercancías entre Europa e India. Por esta razón, al observar a los aborígenes latinoamericanos de piel oscura, Colón y sus acompañantes pensaron que habían llegado a la India. De ahí proviene el término “indio” para los nativos de nuestro continente. Fue el navegante italiano Américo Vespucio quien trazó los esbozos geográficos y primeros mapas del continente recién descubierto por lo que en su honor se le llamó América. Por lo tanto, al hablar la población lenguas latinas como el español y el portugués, se ha denominado “Latinoamérica” a este territorio, por lo que la forma más adecuada de denominarnos es “Latinoamericanos” para fines antropológicos, y médicos o “hispanos” para fines meramente lingüísticos con excepción de Brasil. Por otra parte, si la intención es clasificar a los pacientes en estudios de investigación únicamente para fines científicos, la conclusión es que no hay grupos raciales puros y nuestra diversidad genética es un crisol como lo demuestran estudios recientes como el encabezado por “National Geographic” (https://genographic.nationalgeographic.com/) donde se sabe que los haplotipos del cromosoma Y, en particular el haplotipo R y sus subtipos, son muy frecuentes en la Europa Atlántica pero están presentes hasta en ciertos grupos amerindios de Norteamérica, quizás por el contactos con grupos vikingos hace varios siglos. Por lo tanto; no es posible definir la “piel del latinoamericano” de manera uniforme debido al crisol genético y cultural de Latinoamerica. Por ejemplo, México es un país donde predomina el mestizaje, y en donde el “mestizo” es aquél individuo con ancestros amerindios y españoles, pero debiendo tenerse en cuenta que los colonizadores ibéricos tenían ya sangre árabe y judía por cuestiones históricas y geopolíticas, por lo que nuevamente es difícil hablar de una definición racial absoluta.

El aborigen americano se denomina antropológicamente como “amerindio”, y aquí se incluyen también los grupos que habitaron Norteamérica como los apaches y no sólo los que habitaron América latina como los aztecas, los mayas o los incas.

Antropológicamente las zonas en donde predomina la mezcla del europeo con el aborigen americano se conocen como poblaciones mestizas dihibridas. En el caso de los africanos, que se calcula llegaron no más de 250,000 al continente americano debido al tráfico de esclavos, estos se arraigaron en los Estados Unidos, costa oeste de México, el Caribe, América central y algunos países de Sudamérica en donde la mezcla entre Europeos, aborígenes y Africanos originó poblaciones mestizas tri-hibridas como es el caso de Brasil, Venezuela, Panamá, Ecuador y Colombia, por citar algunos ejemplos. Al individuo de origen africano que habita algún país de Latinoamérica se le conoce antropológicamente como “afrolatinoamericano”.

Finalmente en áreas del continente en donde los aborígenes fueron exterminados casi en su totalidad, o muy lejanas geográficamente, estas fueron habitadas por grupos europeos de origen italiano, español o judío, en países del sur de América como Argentina, Uruguay, el sur de Brasil y una parte de Chile, en donde predominan los genes europeos en diversos porcentajes.

Nuestro mensaje es que para estudios de índole fundamentalmente científico, no se trata de demostrar la existencia de razas, sino de establecer una definición rigurosa y clara (científicamente aceptable) del término “raza”, que se base en aspectos estadísticos de genética de haplotipos, y no en términos absolutos inherentes a los conceptos primitivos de “raza” y “raza pura” que se tenían antes del estudio de la genética poblacional, proceso que esta aun en sus inicios. Por otra parte tampoco existe demasiado interés por lograr esto entre los grupos científicos, debido principalmente al riesgo de que los hallazgos se presten a malas interpretaciones y por ignorancia surjan actitudes inadecuadas y discriminatorias, o intentos de justificación de barbaries como las ocurridas durante la segunda guerra mundial por aspectos raciales. Es decir; lo que es cada vez más claro dentro de la comunidad científica, es la idea equivocada de la utilización de términos como la raza blanca, raza amarilla, raza negra, o razas puras, ya que bajo la óptica de los estudios genéticos actuales ya comentados, estos conceptos no son aplicables. De tal forma que tratándose del estudio de los desórdenes pigmentarios, se haga referencia a esta área de la dermatología en la población latinoamericana no como patología de la piel “étnica” o “hispánica”, sino como “piel de color”, en particular cuando esta esté por arriba de un Fitzpatrick III, y que corresponde a la mayoría de la población de Latinoamérica, propuesta que se sostiene en dos factores fundamentales. El primero es que el comportamiento biológico de la piel de color, independientemente del origen racial del individuo, es equivalente en patologías como la MPI o los queloides. El segundo: La genética poblacional de haplotipos demuestra una gran heterogeneidad con presencia de piel de color en múltiples grupos raciales. Otro aspecto fundamental es la conveniente y necesaria homogenización de la nomenclatura antropológica ya existente en relación con los pobladores de América latina y no crear por lo tanto una torre de Babel entre investigadores médicos y antropólogos. Es decir, si además de utilizar el término “piel de color” en estudios médicos se desea agregar el origen racial o genético de los pacientes, se pueden utilizar los términos “mestizo latinoamericano” (Dihibrido o trihibrido si es posible); “amerindio” para los nativos aborígenes; “afrolatinoamericano” para los descendientes de africanos ecuatoriales; “Europeo” para descendientes de Españoles o Italianos y “otros” para poblaciones que son minoritarias en donde pueden darse mezclas entre amerindios y afrolatinoamericanos o cualquier otra, pero insistiendo que en el caso de la MPI lo que importa es el fototipo. Un caso especial de pobladores latinoamericanos son los ocho millones de japoneses que viven en Brasil y quienes pueden presentar MPI como secuela de acné y que en estudios de investigación deben denominarse antropológicamente como originarios de “Asia del pacífico”.

Para revisar los datos de la población que se autodenomina blanca, mestiza, amerindia o afrolatinoamericana en los países más representativos de Latinoamérica en los censos de población más recientes, dirigirse a la bibliografía registrada en Wikipedia en el siguiente link; https://es.wikipedia.org/wiki/Blanco_(persona)

Queda ahí la propuesta de nuestro grupo Latinoamericano de la Alianza Global para el estudio del acné (GALA), secundada también por tendencias crecientes en Estados Unidos como las reuniones de la “Skin of color seminar series” http://skinofcolorseminars.com/ , y la “skin of color society” http://skinofcolorsociety.org/, así como de otros grupos enfocados al estudio de la piel pigmentada o de color.

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