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La difícil racionalidad del ciudadano del siglo XXI

F. Borrell i Carrió
Médico de Familia. ICS. Profesor de la Facultat de Medicina. Departament Ciències Clíniques, Campus de Bellvitge. Universitat de Barcelona.

Los políticos están asustados. Las demandas de salud parecen no tener fin. Los esfuerzos preventivos tienen la virtud de alargar la vida, pero los políticos ya saben que no disminuyen la presión sobre los servicios asistenciales. Y lo que es peor: tampoco la factura sanitaria. Fruto del miedo ante fenómenos que no controlamos ni entendemos en profundidad, el político echa mano de construcciones ideológicas “populares”. A fin de cuentas es lo que hacemos todos. Una de esas construcciones es la tesis conspirativa, tesis que puede tener diversas variantes:

– La gente consume y consume, y la sanidad es un área en la que puede consumir en apariencia “a coste cero”… ¿por qué no debiera hacerlo? Tesis del consumismo y el copago.

– Existen importantes fuerzas de mercado, entre ellas la industria farmacéutica, enormemente interesadas en crear necesidades de salud ficticias con el único propósito de enriquecerse. Tesis de la medicalización conspirativa.

– Los profesionales justifican su carga de trabajo induciendo una demanda que podría ser resuelta en la propia comunidad o en la familia. Otras veces inducen esta demanda como simple manera de enriquecerse (medicina estética y, en general, medicina satisfactiva) lo que acaba por repercutir en los servicios públicos. Tesis del profesional irresponsable.

– Los medios usan la salud como un bien de consumo más, creando la ficción de que a mayor consumo mayor felicidad. Tesis del Mundo Feliz.

Estas tesis no sólo están en boca de los políticos, sino de muchos profesionales e intelectuales. Un chiste de El Roto sólo resulta comprensible –y sólo da risa– bajo el paraguas conspiratorio. En este chiste se ve a un farmacéutico mirando una estantería repleta de fármacos y preguntándose: “¿Por qué será que quienes descubren las enfermedades son también los que hacen las medicinas?”. El chiste provoca la risa (la mía también), pero resulta enormemente demagógico. Las tesis conspirativas en ningún momento de la historia humana han capturado la complejidad de la evolución social, entre otras razones porque los comportamientos sociales derivan de fuerzas que “alguien” (por ejemplo, una multinacional malévola) puede “empujar”, pero difícilmente “provocar” su emergencia.

En el presente artículo voy a defender la idea de que las tesis conspirativas (tan bien desarrolladas en el siglo XX por filósofos como Foucault) son un obstáculo para pensar nuestra realidad. Pueden ser adecuadas para vestir discursos “internos” de las clases dirigentes, pero son incapaces de explicar la realidad social.

Discursos de uso interno

Propongo que las clases dirigentes –y los profesionales también estamos en esta categoría– tienen dos tipos de discurso: uno oficial, “serio”, al que dan publicidad, y otro de “uso interno”. El discurso interno les –nos– sirve para explicar fenómenos borrosos y casi nunca aflora en el discurso oficial.

Son los comentarios de pasillo, la explicación trivial de por qué tal grupo social reclama eso y no lo otro, etc. Son interpretaciones y atribuciones de causa y de culpa que preservan las decisiones tomadas, la propia estima y la autoimagen. Los discursos internos resultan casi indestructibles, porque dirigen sus andanadas hacia “multinacionales”, la gente “que no sabe lo que quiere” o hacia los eslabones de la organización más indefensos (los que precisamente no pueden contestar a las críticas). La atención primaria de salud ha padecido muchas de estas invectivas: que si no sabe filtrar las urgencias, o regular la demanda, o prescribir adecuadamente…

Lo que resulta más interesante es el retrato robot que emerge de estos discursos justificativos y conspirativos (y no importa el partido político que esté en el poder): el retrato de un ciudadano caprichoso y manipulable que a veces actúa sin racionalidad y casi siempre de manera egoísta y buscando el mejor cálculo de utilidad; pero ¿es ese, en verdad, el ciudadano del siglo XXI?

La tesis del Gran Hermano casa bien con las tesis conspirativas pero no captura la realidad del siglo XXI. En cualquier momento histórico que deseemos considerar existe en la sociedad un residual de gente parásita que adopta dos perfiles: agresivo y pasivo. El agresivo en forma de delincuencia, el pasivo en forma de inactividad, casi siempre disimulada. No es un porcentaje importante, pero condiciona las decisiones de la colectividad. En un mundo en el que transferimos mayor poder al ciudadano, también transferimos a esta minoría mayor capacidad de perjudicar a la colectividad. Ello condiciona respuestas colectivas de mayor control que fácilmente pueden interpretarse como una marcha inexorable hacia un Gran Hermano.Incluso puede que en alguna sociedad oriental, de mentalidad muy colectivista, se puedan dar organizaciones que nos recuerden un Gran Hermano.

Sin embargo, jamás había habido más amor por la libertad que en este siglo XXI. Este siglo –a mi manera de ver– se caracteriza por una expansión demográfica sin precedentes, que obligará a nuevas formas de vida y a nuevos principios éticos. Deberemos comedirnos en el uso arbitrario de la energía, ser más pacientes con las razones de los otros, más pacientes incluso con su mera presencia (¿recuerdan ustedes las calles apenas transitadas de las grandes capitales de los años cincuenta?). La ausencia de mundos inexplorados trasladará el espíritu aventurero hacia nuestro propio mundo interior. Cada persona tiene ya la posibilidad de contagiar con sus descubrimientos –o manías– a muchos congéneres, allende las fronteras de su ciudad y país. Ello no desplaza en absoluto la tribu de amigos o familiares con los que precisa compartir cara a cara sus vivencias, tribus en las que se cuecen los estados de opinión. Una opinión cada vez más ilustrada, más sensata, más llena de razones. Jamás el ser humano había tenido tanto terreno para el uso pacífico de su libertad y ello conduce a mayor diversidad en todos los aspectos, pero diversidad solidaria.

Sin embargo, esta “racionalidad” no está exenta de problemas, derivados del aggiornamento de temas eternos: la ambición, el miedo y el narcisismo. Valga como ejemplo los diferentes “noes” a la Constitución Europea y al Tratado de Lisboa. En este caso, los políticos ofician de voz razonable y razonada ante los embates de una competencia entre continentes que nos empuja inexorablemente a mayores cotas de solidaridad europeas, en tanto surgen grupos de opinión locales que enarbolan banderas egoístas, gualdrapeadas por el miedo colectivo a lo desconocido, a la globalización.
“Sin tetas no hay paraíso”

La moda de la cirugía estética es otra muestra de irracionalidad. Al grito de “sin tetas no hay paraíso” millares de jovencitas aúpan los valores en bolsa de la compañía estética de turno. Los chicos, por su parte, queman testosterona en los gimnasios para “fibrarse” y lucir corpachón culturista en las playas. Pero no saquemos conclusiones precipitadas. También muchos jóvenes aguantan discursos opuestos e incluso extremos. Tienen menos presencia en los medios, pero ahí están, en las fiestas okupas o paseando sus rastas. Al ser humano le gusta explorar todo el horizonte de posibilidades que cada momento histórico le ofrece e, incluso, los límites de este horizonte.

Ahora bien, la gente no es tonta, puede seguir hasta cierto punto modas, pero el comportamiento de la colectividad no acostumbra a ser una moda. Por ello, los médicos caemos fácilmente en discursos justificativos cuando tratamos de explicar nuestra realidad asistencial a partir de los hipocondríacos que frecuentan nuestras consultas.

De acuerdo que son una minoría difícil de abordar, de acuerdo que criticarlos puede liberarnos de cierta tensión, pero no podemos achacarles los males de nuestras saturadas agendas. Cuando una persona se queja, siempre hay que tomarla en serio. De aquí el peligro que comportan los discursos que alertan sobre la medicalización de la sociedad, y que en sus versiones más ingenuas jalean al médico para que rechace educadamente tales demandas. El médico ante todo debe analizar sin prejuicios cualquier queja o demanda que se le formula, sobre todo si se la formula un hipocondríaco, porque también los hipocondríacos acaban por morirse. Otra cosa es que ante los insistentes ¿qué me pasa?, ¿cuál es el diagnóstico?, debamos aprender a decir: “no lo sé, hay muchas cosas que la medicina ignora, pero sí le puedo decir que no es grave”. Magnífica frase socrática en la que aparentemente declaramos nuestra ignorancia, cuando en realidad pregonamos la sabiduría del no saber.

Al servicio de las razones

Se ha enfatizado el carácter cohesionador de la sanidad, pero poco se habla del carácter razonador que también tiene. Y lo tiene, vaya si lo tiene… Las encuestas nos indican sin ninguna duda que los ciudadanos depositan su confianza en la información que reciben de los médicos, sobre todo de los médicos de familia.

Los médicos de familia hemos evolucionado de una manera de pensar contaminada por los usos culturales, a la Medicina Basada en Pruebas (Evidence Based Medicine). Cuando empecé mi tarea asistencial (finales de los 70), los antibióticos eran “fuertes” o “débiles” y a las personas les hacían más efecto si “no los habían tomado nunca previamente”. Esas creencias están activas en la población, pero eran creencias difundidas por los médicos de entonces. Cuando se quería cortar una bronquitis “en serio” se apelaba a unas inyecciones (cargadas las jeringas multiuso de VHC, la epidemia silenciosa de aquellos años). Los criterios médicos se alimentaban de dogmas impartidos por cátedros reverenciados. Cuando salió la ranitidina era pecado mortal darla “a demanda” para alivio de ulcerosos, hasta que los anglosajones acudieron al rescate de los españoles dispépticos.
¡Qué alivio supuso la entrada del pragmatismo anglosajón sobre la escolástica española! Perdimos, eso sí, ciertos hábitos basados en el efecto placebo, por ejemplo: “eso lo vamos a cortar en una semana”, “está fatal de los bronquios, menos mal que me vino”. Frases heroicas de una medicina que cultivaba cierto culto a la personalidad del médico, pero poco recomendables en el cibermundo.
No obstante, al perder en efecto placebo ganábamos en criterios basados en pruebas y, sobre todo, ganábamos en explicar el mundo de otra manera. No sólo por los contenidos de lo que explicamos (los antibióticos dejan de ser “fuertes o débiles” para tener “resistencias”) sino por la manera en que lo hacemos: “eso no lo sé”, “eso tengo que mirarlo con mayor detenimiento”, “tengo que pensar en su caso”, “debo pedir otras opiniones”, “miraré estudios internacionales”, “esa recomendación se basa en un consenso de expertos”, “discutimos su caso en sesión clínica”, etc. Maravillosas frases que anuncian una nueva racionalidad emergente, una racionalidad que con los años vamos a contagiar a la población. Puede ser nuestra más callada contribución a la racionalidad del siglo XXI.

“Al grito de ‘sin tetas no hay paraíso’ millares de jovencitas aúpan los valores en bolsa de la corporación estética de turno.
Tomasdo de JANO.es
Humanidades Médicas
Septiembre/2008

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