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La triste historia del descubrimiento de la estreptomicina

La estreptomicina, un antibiótico que fue muy útil en el siglo pasado para tratar la tuberculosis, fue descubierta un 19 de octubre de 1943 por el estudiante de postgrado Albert Schatz, cuando cursaba su doctorado en la Universidad de Rutgers (EE.UU.) en Agricultura, en el laboratorio del famoso Dr. Selman A Waksman, a quién hasta la década de los años noventa, le fue atribuido este descubrimiento.

Es una historia muy triste, llena de controversias, que le trajo al joven Schatz sufrimiento, impedimentos para continuar con su trabajo científico y hasta tuvo que migrar a Chile para conseguir trabajo, en donde se dedicó a la docencia.

Aunque fue reivindicada la autoría del Dr. Albert Schatz a lo largo de su vida e incluso reconocida por la Universidad de Rutgers, no fue sino hasta hace unos días cuando se muestra al público la prueba que define esta controversial historia. El corresponsal veterano y periodista británico Peter Pringle, quién se dedicó varios años a recolectar información sobre el hecho, en abril de este año, publica su libro Experiment eleven: Dark secrets behind the discovery of a wonder drug, editado por Walter & Company, y allí relata los hechos.

El descubrimiento lo hizo Albert Schatz, en el sótano del Departamento de Microbiología de los Suelos de la universidad, bajo la tutoría y jefatura de Selman Abraham Waksman. El estudiante trabajaba con las actinobacterias o actinomicetas, bacterias que viven en los suelos en donde juegan un papel muy importante en la descomposición de la materia orgánica. A este grupo pertenecen los géneros Streptomyces y Micobacterium. Muchas actinobacterias producen sustancias bactericidas, una de ellas es la actinomicina, el primer antibiótico aislado por Selman Abraham Waksman en 1940.

Tras interrumpir su postgrado porque fue reclutado a causa de la guerra, Schatz es enviado a un laboratorio de las Fuerzas Armadas de un hospital en Miami, donde palpa muy de cerca la muerte causada por infecciones, la más frecuente la tuberculosis. A los 5 meses le dan la baja y regresa a la universidad para terminar su doctorado, con la firme disposición de encontrar un antibiótico para curar la tuberculosis y otras infecciones que no cedían al tratamiento con la penicilina o sulfonamidas, así lo narra Verónica Mistiaen, en The Guardian (2002).

El joven estudiante fue enviado a trabajar al sótano, donde nunca fue visitado por su tutor, para evitar el contagio ya que utilizaba en sus experimentos la cepa muy virulenta y muy contagiosa que causaba la tuberculosis (Mycobacterium tuberculosis). Crecía las bacterias en cápsulas de petri y les agregaba las sustancias bactericidas para ver si inhibían el crecimiento del M. tuberculosis.

Para agosto de 1943, trabajaba con dos cepas bacterianas de Streptomyces griseus, una proveniente del suelo y otra de un pollo. El 19 de octubre de 1943, durante el desarrollo del experimento 11, de allí el nombre del libro de Pringle, se dio cuenta de que tenía un nuevo antibiótico derivado del Streptomyces griseus, al que llamó estreptomicina. El antibiótico había funcionado contra el M. tuberculosis. Luego procedieron con las pruebas de toxicidad y eficacia en animales y con los ensayos clínicos en humanos, en los cuales participaron investigadores de la Clínica Mayo en Rochester.

Mientras el estudiante continuaba trabajando en el sótano para producir la estreptomicina, Selman Waksman se dedicó a visitar hospitales y dar conferencias en el mundo entero sobre su nuevo descubrimiento. Si bien Schatz aparece en las publicaciones, en su recorrido Waksman no mencionaba a su estudiante ni decía que Schatz era el descubridor de la estreptomicina. A veces creaba confusión intencionalmente para tomarse el crédito, de manera que se fue creando una atmósfera que le atribuyó a Waksman este hallazgo que benefició tanto a la humanidad. La tuberculosis era considerada una enfermedad terrible hasta que apareció la estreptomicina.

Cuando Schatz cae en cuenta de este grave error, trata de cambiar la situación con su tutor pero no lo logra y deja la universidad. Cuando se da cuenta de que Waksman cobraba royalties por la patente, cuyos derechos pertenecían a ambos y supuestamente habían sido donados a la universidad, hecho cierto a medias, Schatz decide emprender una demanda contra Waksman y la universidad para reclamar sus derechos.

Este hecho trajo una imagen muy mala para la universidad y terribles consecuencias para el futuro de la carrera de Albert Schatz. Llegaron a un acuerdo extrajudicial donde se reconocía la co-autoría de Schatz y le pagaron algo por los derechos de autor, pero el daño ya estaba hecho. Pocos investigadores se alinearon con él y el escándalo impidió que consiguiera trabajo como científico en EE.UU. En la década de los años sesenta se muda a Chile donde trabaja como profesor en la Universidad de Chile.

En 1952, le otorgan el Premio Nobel a Waksman por su descubrimiento de la estreptomicina, un antibiótico que salvó muchas vidas en el mundo. Schatz reclama pero no es oído por el comité, quienes nunca reconocieron su error. En el discurso de aceptación, Selman Waksman no mencionó el nombre de su estudiante.

Esto trae a la memoria, la ocasión cuando Enders, Weller y Robbins ganaron el Premio Nobel en 1954 por haber crecido el virus de polio en cultivo celular, lo que permitió el desarrollo de la vacuna de polio. Enders, el jefe del laboratorio en la Universidad de Harvard, cuando lo llaman de Estocolmo para comunicarle que había sido galardonado con el Nobel respondió que solo aceptaría si incluían a quienes habían realizado el trabajo… y fue complacido.

La autoría de Schatz fue reconocida en 1991 con el trabajo de Milton Wainwright, quién decidió hurgar en esta historia y publicarla. Fue el primer reporte publicado sobre esta injusticia. En 1993, Schatz publica “La verdadera historia del descubrimiento de la estreptomicina” y, en 1994, en el cincuentenario del descubriendo de la estreptomicina, la Universidad de Rutgers le concede su máximo galardón, la medalla de Rutgers, a los 74 años; tras lo cual, Schatz comenzó a trabajar por cambiar la historia de la estreptomicina en instituciones, internet, exposiciones y publicaciones. Por ejemplo, en ocasiones en internet reseñan: “con el tiempo le acreditaron a Albert Schatz el descubrimiento de la estreptomicina”.

Empero, Schatz tenía pensado, así lo relata Verónica Mistiaen, escribir su historia. Pero hasta que conoció a Inge Auerbacher, una judía nacida en Alemania que vivió el horror de “La noche de los vidrios rotos”, no lo hizo. De hecho, esta biografía fue publicada en 2006, un año después de la muerte de Schatz ocurrida en enero de 2005, bajo el título de Finding Dr. Schatz: The discovery of streptomycin and a life it saved.

Inge Auerbacher es una sobreviviente del holocausto que vive en Nueva York. Es una investigadora con postgrado en bioquímica y tiene varios libros publicados. Ella se entera por una publicación en 1997, que Albert Schatz era co-descubridor de la estreptomicina, la droga milagrosa que la salvó de la tuberculosis cuando trataba de sobrevivir en un campo de concentración en Checoslovaquia. Ella relata en el prólogo de su libro que siempre había querido conocer a Selman Walkman por haberle salvado la vida pero había muerto en 1973. En ese momento decide conocer a Schatz y nace una bella amistad que dio a luz el libro que relata la vida de ambos y donde, además, investigadores y amigos le rinden un tributo a Schatz.

Sin embargo, es ahora cuando se consigue la prueba que resuelve esta controversia. Peter Pringle fue hasta los archivos de la biblioteca de la Universidad de Rutgers y con la ayuda de la especialista Erika Gorder encontró las notas de Schatz, donde aparece el experimento 11 con la descripción detallada de su hallazgo. Los cuadernos de Schatz que contenían estas notas fueron encontrados en las cajas junto a los documentos de Waskman, casi 70 años después. El libro Experiment eleven narra el controversial incidente de la estreptomicina, su comercialización y la injusticia cometida por el comité del Premio Nobel.

El profesor e investigador de la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, Peter Lawrence, quién escribió sobre esta controversia en la revista Nature en 2002, comenta en una reseña del libro de Pringle publicada en la revista Current Biology, que “Waskman se merecía la co-autoría porque fue un líder, desarrolló la línea de investigación sobre el asilamiento de los antibióticos del suelo antes de que llegara Schatz, fue el que organizó la colaboración con los investigadores de la Clínica Mayo para las obtener las cepas y hacer pruebas clínicas y fue el que arregló la comercialización del antibiótico con Merck; Waksman hacía la política y el joven Schatz la investigación y purificación del antibiótico”.

La verdad no se puede ocultar por siempre. El tiempo siempre se encarga de encontrarla, aunque sea después de la muerte.

Irene Pérez Schael

Imagen de Streptomyces griseus fue tomada de Wikimedia Commons, bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International

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3 comentarios

  1. José Antonio Román G.

    La Historia es inclemente. Da la razón a quien la tiene. Gracias por el artículo. Gracias a Irene Pérez Schael, por tan interesante información

  2. Muy interesante.

  3. DESDE EL CIELO “EL ESTUDIANTA” ALBNEDRT SCHATZ SONRRIE COMPLACIDO,¡Y NOSOTROS CON ÉL!
    LA INJUSTICIA MERECERÍA UN PREMIO NOBEL

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