
El pasado miércoles 24 de junio, día feriado en Venezuela por la conmemoración de la Batalla de Carabobo que marcó el desenlace de la Guerra de Independencia de Venezuela, y Dia de San Juan Bautista, festivo en casi todo el mundo. Buena parte de la población venezolana se encontraba descansando en sus hogares o disfrutando de un día de playa. A las 6:04 de la tarde, el noroeste del país comenzó a temblar violentamente con un ruido ensordecedor y terrorífico desconocido para casi todos, pero que impelía a correr. Era el primer terremoto que treinta y nueve segundos después, dio paso al segundo seísmo que intensificó al primero, agravando sus efectos y multiplicando la devastación.
Quienes nos encontrábamos al aire libre, en el sureste de Caracas, no fuimos testigos inmediatos de la tragedia humana que se vivía en el norte de la capital y en otras regiones del país, especialmente en el Estado La Guaira. Los minutos y las horas parecían interminables. La información que llegaba a través de los medios de comunicación y de los organismos competentes era escasa e insuficiente. Sin embargo, poco a poco comenzó a hacerse evidente la magnitud del desastre y comprendimos que el país enfrentaba una catástrofe de enormes proporciones.
Al amanecer del día siguiente ocurrió algo que, en medio del dolor, renovó la esperanza. De manera espontánea, miles de ciudadanos salieron a rescatar a quienes permanecían atrapados bajo los escombros y a socorrer a los sobrevivientes, muchos de ellos desamparados física, psicológica y socialmente. La solidaridad llegó desde todos los rincones del país y también desde el exterior, tanto de personas de forma individual como de organizaciones y grupos de voluntarios.
La respuesta ciudadana se convirtió en un poderoso catalizador social. La tragedia rompió la rutina y dejó al descubierto tanto las fortalezas como las profundas desigualdades de nuestra sociedad. En las horas más difíciles afloró lo mejor del ser humano, pero también aparecieron conductas que reflejaron debilidades. Manos desnudas que separaban piedras de lo que había sido su hogar, desesperación ante tanto horror y falta de respuesta inmediata gubernamental que reflejaba falta de previsión ante los cataclismos y ningún plan de acción de las “fuerzas del orden”.
Fuimos testigos de cómo se activaron las redes de apoyo para rescatar personas atrapadas, compartir alimentos, ofrecer refugio y brindar asistencia a quienes lo habían perdido todo. Equipos de rescate organizados con premura trabajaron incansablemente, mientras la ayuda humanitaria y las donaciones comenzaron a llegar desde distintas regiones y países. La resiliencia comunitaria quedó de manifiesto en la capacidad de miles de personas para unirse con un mismo propósito: salvar vidas, aliviar el sufrimiento para dar paso a la difícil reconstrucción.
Sin embargo, junto a esos ejemplos de solidaridad también surgieron expresiones de miseria humana. Hubo saqueos, actos de pillaje, intentos de aprovechar el caos, fallas institucionales y una preocupante tendencia a trasladar la polarización política a un momento que exigía unidad y cooperación.
Los desastres naturales tienen la capacidad de desnudar a las sociedades. Sacan a la luz tanto sus virtudes como sus carencias. Revelan el valor de la solidaridad, la generosidad y el compromiso ciudadano, pero también evidencian la fragilidad de las instituciones, las desigualdades acumuladas y el egoísmo de quienes intentan beneficiarse del sufrimiento ajeno.
Hoy, más que nunca, este debe ser un momento para dejar de lado las diferencias políticas, ideológicas o personales y concentrar todos los esfuerzos en un objetivo común: proteger la vida, aliviar el dolor de las víctimas y reconstruir el tejido social. La historia demuestra que las naciones superan las grandes tragedias cuando sus ciudadanos son capaces de unirse por encima de sus diferencias.
27 años de la tragedia que asoló al Estado Vargas, hoy Estado La Guaira, no sirvieron para aleccionar a los que compete la protección de los ciudadanos venezolanos y permitieron que estaciones sismológicas fueran reducidas de 300 a 10, y de paso inoperantes, pudieran impulsar acciones para enfrentar fenómenos naturales de manera oportuna. Todo un desafío para gobernantes y gobernados.
Gracias a los gobiernos que desplegaron sus fuerzas especiales en ayuda a Venezuela, gracias a los mensajes de solidaridad recibidos y gracias a Dios por darnos fuerzas para seguir adelante.
Jaime Piquero Martín
PIEL-L Latinoamericana Publicacion periodica en dermatologia | Fundada en 1998
Excelente resumen de una triste realidad. Es muy doloroso lo ocurrido y ahora viene el reto de tratar de reconstruir tanto lo físico cómo lo emocional. Es el momento como dermatólogos venezolanos que somos más útiles atendiendo solidariamente a los compatriotas afectados con las complicaciones que están aflojando en esta II y III fase de la tragedia.
Gracias Dr. Jaime Piquero, por su oportuna figura manifiesta en todo evento significativo que acontece en nuestro país, en escenarios de alegría o tristeza, pero siempre presente, razón que delata su profundo sentimiento de pertenencia para con la Venezuela de todos. Es esta misma Venezuela de todos la diana a apuntarle, en la medida que cada quien alcance hacerlo, para que sea un punto y aparte en la mentalidad inspiradora que necesitamos reconstruir. De aquí nacerá otra VENEZUELA batalladora : 24 de octubre de 2026 .
«Profunda y necesaria mirada, estimado Dr. Piquero; ante el sismo de la vulnerabilidad humana, queda en evidencia que nuestra mayor fortaleza radica en la empatía genuina, mientras que la indiferencia se convierte en nuestra mayor miseria.» Pero sin duda alguna “ que Arrecho es el Venezolano”