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La caja de secretos

Por Martha Miniño

Carlota recibió la cajita cuando era muy pequeña, siete u ocho años tal vez, era una imitación de cajita fuerte con una tonadita melcochosa que se escuchaba al abrir su pequeña puertecita y que ella no dejaba de escuchar embobada, mientras movía su cabecita. Toda plateada ella, tenía  impresas unas delicadas letras, CGS, las siglas de la compañía que la representaba, peor que el padre ingenioso, le dijo al entregarle, que significaban Caja para Guardar Secretos, y con sonrisa enigmática se la entregó con un guiño y una seña de que la escondiese de su mamá o cualquier indiscreto que hurgase sus secretos.

Y así, rodeada de duendes, gnomos, hadas y fantasías, y miles de mundos imaginarios que le hacían suspirar o soñar, Carlota fue creando sus propios secretos, que a los ojos de una niña curiosa eran infinitos, maravillosos y llenos de un colorido fuera de este mundo, donde los soles iluminaban de verde y el cielo ostentaba dos o tres lunas, podías volar y hablar con todos los animalitos, donde las muñecas cobraban vida y hasta los caramelos eran de fantasía.

Pero el tiempo pasó, Elisa dejó atrás las trenzas y abrió sus ojos al mundo, dejó atrás los sueños y la imaginación, su cajita, ahora sin música, sólo escondía los papelitos con los nombres de chicos y amores imaginarios que encerraba en rústicos corazones, algún mechón de pelo, flores secas de algún baile olvidado, amores tristes y pasados que nunca se conjugaron y que hirieron su pecho, pecho que creció dando cabida a amores y desamores y que luego iban a parar a  algún rinconcito de su adorada cajita, como si allí existiese un rincón de un nunca jamás olvidado al que iban a caer todas las penas, desgracias, amarguras, desalientos junto a sonrisas, quereres, noches inolvidables junto a un  primer beso bajo la lluvia que no le dejó dormir mientras todavía sentía el extraño temblor y el hormigueo de sus labios y su boca, dejando para siempre su niñez, empezando así sus primeros pasos como mujer.

Escribió y guardó sus sueños, sus anhelos, y allí los escondió, la cajita no parecía tener fondo jamás, y en ella se reunieron cientos de objetos que alguna vez le fueron preciados sólo para ella y no podían ser parte de este mundo. En este apartado rincón fueron a parar sus tesoros que ahora poseían otra vida, sus anillos y alaborios de adolescente, y luego, los anillos de compromiso y mucho mas luego aún, el de boda, junto a muchas marcas que le fue dejando la vida. Un mechón de cada uno de sus hijos, cortados al nacer y que ahora parecían olvidados junto a otros papeles, pétalos y lágrimas que fueron cayendo en la enorme y pequeña cajita de secretos, mientras allá en el fondo, se amontonaban como pequeñas piedrecitas los mundos olvidados de muchos años, creando un caleidoscopio de vivencias, que le hacían recordar con sonrisas o con tristeza cuando abría la caja y hurgaba en su interior.

El tiempo se fue acumulando y también se fue acumulando una vida interior en la cajita de secretos, y que la pátina de Cronos no parecía afectar a Carlota, pues ella, surcada de arrugas, seguía siendo la misma mujer joven, la niña de antaño, un día llena de trenzas, otro, con el pelo todo largo, cayéndole sobre los hombros, mientras miraba al mundo con los ojos muy abiertos, mientras sus recuerdos bailaban una danza desordenada ante sus casi ciegos ojos.

Ahora, después de muchos años y muchos hijos, vivía sola, dejada atrás en un hospicio, nunca acompañada, excepto por sus memorias, quienes acudían gozosas y sonrientes al abrir la vieja cajita.

Dejó atrás los recuerdos dolorosos, los dejó a un lado y buscó sonrisas y placeres, quereres fáciles que no le robasen el sueño, vidas e imágenes que se complacía en vivir y que no le torturasen la artritis de sus viejos huesos. Todos ellos acudieron complacientes a sacar una sonrisa de la solitaria Carlota, que ahora agonizaba en una cama, sola, sin compañía, sin compañía?

Tal vez si alguien hubiese visto la ventana hubiese visto a una pequeña niña de trenzas danzando y jugando con júbilo junto a sus fantasías, duendes y hadas, gnomos, sonrientes en un mundo de soles verdes y dos lunas, mientras ella gozosa giraba y se tornaba niña-mujer, mujer-niña en una sola danza de alborozo.

Carlota moría con la caja de secretos abierta en sus manos, al abrirla, encontraron que estaba vacía.

Acerca de Moncayo Luis

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