
Todos estamos conscientes del ingente recurso que representa la inteligencia artificial en la medicina.
En nuestra especialidad –la dermatología–, disponemos de la más completa bibliografía actualizada sin barreras idiomáticas; disponemos también de un banco de incontables imágenes de alta resolución, que corresponden a lesiones clínicas y cortes histológicos de las patologías dermatológicas hasta ahora identificadas; además de un gran número de imágenes dermatoscópicas de gran utilidad en el diagnóstico y seguimiento de estas enfermedades.
La inteligencia artificial (IA) está revolucionando la dermatopatología al mejorar la precisión diagnóstica mediante avanzados algoritmos de aprendizaje profundo que analizan imágenes histológicas. Estos algoritmos asisten en tareas como el recuento de mitosis, la evaluación de inmunohistoquímica y la clasificación de tumores cutáneos, alcanzando precisiones cercanas al 100% en clasificaciones binarias.
Los algoritmos de IA clasifican lesiones en categorías como basaloide, escamoso, melanocítico, entre otras, con alta exactitud, apoyando al dermatopatólogo en diagnósticos complejos. También simulan coloraciones como hematoxilina-eosina en microscopia confocal, facilitando los análisis digitales y haciéndolos altamente confiables.
En psoriasis y dermatitis atópica, la IA estratifica la gravedad mediante índices como PASI y predice respuestas a terapias biológicas. Su empleo muestra su importante utilidad en detección precoz de melanoma y nevos atípicos vía redes neuronales convolucionales.
Desafíos pendientes
Los déficits incluyen sesgos en las bases de datos; también las regulaciones legales y la necesidad de estudios prospectivos para uso rutinario en laboratorios. La IA actúa como apoyo, no sustitutivo, del juicio humano en contextos clínicos.
El apoyo de estos algoritmos –en cuanto a diagnósticos, cuya validez, precisión y velocidad con que se obtienen, abre una impresionante fase en el desarrollo científico del quehacer médico–, motivan a la vez interrogantes e inquietudes muy naturales, porque si bien es cierto que estos adelantos responsablemente usados traen beneficios innegables, también es cierto que constituyen un reto individual en el ejercicio de la profesión.
Además, cabe destacar la capacidad de estos algoritmos para generar la terapéutica correspondiente. Claro está, la última palabra en cuanto a dosis, frecuencia y tiempo la tendrá, la mayoría de las veces, el dermatólogo tratante.
Tales apoyos sustanciales permiten más tiempo con el paciente y cambian, no solo las estimaciones y pronósticos del médico y sus clínicas, sino también el encuentro médico—paciente.
Sin embargo, todo adelanto y progreso en la cultura, también trae sus «Contraindicaciones«, y la inteligencia artificial no podría estar por fuera de esta cuasi ley que pareciera una maldición acompañando siempre la racionalidad científica.
Veamos: Si los pasos o las fases más importantes de la consulta médica, como lo es el diagnóstico preciso y la adecuada terapéutica son suministrados por el increíble apoyo del algoritmo; ¿qué sentido tendrá para muchos colegas el estudio continuo y la actualización?
Como resulta inevitable disponer de la acreditación del postgrado para el formal desempeño como dermatólogo; qué motivaciones podría tener el dermatólogo para diseñar un plan de investigación a fin de optar por una subespecialización, que por novedosa que sea, seguramente ya estará montada en algún programa de inteligencia artificial.
Siendo esto un escenario probable, si es que acaso no ha ocurrido, podría darse un descenso vocacional en nuestra especialidad; asimismo, la investigación científica y la aventura del pensamiento, tareas esenciales de la función cognitiva y el desarrollo humano, podrían mermar, y la autoridad científica se concentraría mayormente en el infinito cambio de datos, ajenos al contacto con el asombro y la perplejidad, se concentrarían mayormente en los centros avanzados de tecnologías médicas, y sus tesis (debido al volumen de información que procesa) serán santa palabra.
PIEL-L Latinoamericana Publicacion periodica en dermatologia | Fundada en 1998