
Le relación entre la medicina y la literatura es duradera, amplia y profunda. Tanto que podríamos decir que todos los médicos podríamos ser escritores en potencia, lo que es particularmente cierto en quienes por razones propias de nuestra especialidad cultivamos la descripción como un camino seguro para llegar al diagnóstico.
Simplificando quizá excesivamente, diremos que existen dos categorías en las que se expresa la relación entre la medicina y la literatura: obras de la literatura universal escritas por médicos y obras de la literatura universal que, no habiendo sido escritas por médicos, tratan de temas relacionados con la medicina.
En la primera categoría la nómina es numerosa y, con frecuencia muy distinguida. Desde Hipócrates hasta Ezzideen Shehab, médico gazatí que acaba de publicar sus experiencias atendiendo a las víctimas de los ataques israelíes en su tierra natal (Diario de un joven médico. Notas sobre el genocidio en Gaza. Sexi Barral, 2026), los médicos escritores forman una legión que han dado lustre a la profesión y no pocas veces se han codeado con los mejores escritores de su época o de otras.
La piel sana y enferma ha sido, es y será objeto de tratamiento literario por múltiples razones. La más evidente es su exposición a todas las miradas. Sin embargo, no todos la ven de la misma manera. Quienes ejercen la dermatología tienen un especial interés en ella que, por ser un enfoque especializado, es necesariamente una visión parcial cuyo reduccionismo sólo puede conjurarse si el médico ha bebido lo suficiente (nunca es suficiente) de las aguas frescas y abundantes de la literatura y otras disciplinas humanísticas.
Imposible agotar el tema. Fieles seguidores de Baltasar Gracián (“Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y lo malo, si breve, no tan malo”), escogeremos un par de ejemplos relacionados con Rusia, patria de Antón Chéjov, el médico-escritor por autonomasia, que nos permitan ilustrar la relación entre la dermatología y la literatura e intentar demostrar que sin esta, el dermatólogo, por erudito que sea en su ramo y por más enterado que esté de las últimas novedades diagnósticas y terapéuticas de la dermatología, carecerá de una verdadera visión de conjunto y será incapaz de ver lo que la literatura le puede develar en unas cuantas palabras.
Tomemos primero la hermosa y breve novela Diario de un joven médico (Alianza editorial, 2019), del médico y escritor ruso Mijail Bulgákov (1891-1940). El protagonista es un médico recién graduado que en septiembre de 1917 es destinado a una pequeña aldea. Su encuentro con la sífilis es el tema del capitulo titulado La erupción estrellada:
«Era ella. Me lo sugería el instinto. No podía contar con mi experiencia. Yo, un médico que había terminado la universidad hacía apenas seis meses, no la tenía.
Tuve miedo de tocar el hombro desnudo y cálido de aquel hombre (aunque no había nada que temer) y entonces le ordené:
–¡A ver, acérquese a la luz!
El hombre se volvió como yo deseaba, y la luz de la lámpara de petróleo inundó su piel amarillenta. Sobre el prominente pecho y en ambos costados, a través del color amarillento, se podía ver una erupción blancuzca. “Como estrellas en el cielo”, pensé, y con un ligero frío en el corazón me incliné hacia su pecho. Luego aparté la mirada y la levanté hacia su rostro […]
“Es ella, la sífilis”, me dije mentalmente y con severidad por segunda vez. Era la primera vez en mi vida profesional que yo –un médico que a principios de la revolución había sido arrojado directamente del pupitre universitario a un remoto lugar en el campo– me encontraba con ella.
Me topé con la sifilis por casualidad […]
La ronquera, el siniestro color rojo de la garganta con las extrañas manchas blancas, el pecho marmóreo, y lo adiviné».
Ahora el segundo ejemplo. Su autor no es ni ruso ni médico, sino un escritor español. Se trata de Sergio del Molino, que ha escrito, entre otras celebradas obras, La piel (Alfaguara, 2020). Ya su título despierta de inmediato mi interés, aumentado por la imagen de la portada, un extraordinario acercamiento del Autorretrato del pintor Joseph Wright of Derby (1734-1797) del que, ¡oh casulidad de la que me acabo de percatar!, ya había tenido la oportunidad de admirar una obra en la National Gallery de Londres: Experimento con un pájaro en una bomba de aire, sobre la que después escribí algunas reflexiones.
Volvamos a Sergio del Molino porque en La piel nos revela que padece psoriasis y en esta novela, además de hablar sobre sí mismo y su enfermedad, lo hace sobre algunos personajes famosos que también la padecieron: Stalin, el narcotraficante Pablo Escobar, los escritores John Updike y Vladimir Nabokov, la cantante Cindy Lauper y otros más. Echémosle un vistazo a Stalin:
«Érase una vez un señor con bigote que gobernaba desde las llanuras de Europa hasta el mar de Japón, y desde el polo norte hasta los desiertos de Persia […] El señor del bigote se hacía llamar Stalin, es decir, el Hombre de Acero. Para sus amigos bolcheviques era el Vozhd, el guía […]
En Siberia, en los años en que los que jueces zaristas lo tuvieron condenado, se le congeló un brazo, y desde entonces sufría dolores reumáticos atroces. También le habían diagnosticado una amigdalitis crónica y una afección dermatológica sin cura (la psoriasis, claro). Cuál de estos males se debía a la guerra revolucionaria y cuál era un castigo de la genética resultaba imposible de dilucidar para la ciencia médica de la época. Lo terrible era la impotencia: Stalin podía cambiar el mundo, pero no podía dejar de rascarse. Para qué sirve ser todopoderoso y temido desde las llanuras de Europa hasta el mar de Japón y desde el polo norte hasta los desiertos de Persia si cada noche los huesos duelen y la piel escuece […]
Artiom, hijo, deja lo que estés haciendo y ven a bañarte con tu viejo.
Al otro lado de la cerca, el Vozhd se quitaba la camisa holgada y los pantalones claros de verano para mostrarse desnudo de la coronilla a los pies. No ha quedado testimonio de lo que veía Artiom: qué llevaba su padre adoptivo impreso en la epidermis. El cuerpo de nuestros padres es ruido y paisaje familiar. Ni siquiera lo vemos. Nada hay en sus arrugas, durezas y gorduras que nos pueda sorprender o intrigar. Para Artiom, Stalin en la piscina no era un secreto de Estado soviético expuesto a sus ojos».
Lo anterior no es sino una minúscula muestra de los temas dermatológicos que podemos encontrar en la literatura universal. Y es una invitación para disfrutar de un buen libro sin alejarnos de nuestros intereses, tanto médicos como humanos.
Dr. Luis Muñoz Fernandez
Co-Editor Piel Latinoamericana
PIEL-L Latinoamericana Publicacion periodica en dermatologia | Fundada en 1998